Cuento Viejo

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Mario salió como siempre a las 6 de la tarde de su pega. Está nervioso. Se topa con la calle que cruza todos los días con toda puntualidad a las 6:05, al otro lado se agacha a limpiar sus zapatos de 6:05 a 6:06, y se dirige al almacén de siempre, en donde ingresa sagradamente a las 6:09. Como no le gusta perder el hilo de su trabajo, Mario prefiere saltarse la hora del almuerzo y pasar luego a comprar un sándwich para el camino de regreso a casa. Con la misma amabilidad con que atiende a los alumnos de la universidad en donde trabaja como secretario, da las gracias por la atención y en ocasiones hasta regresa al local para entregar el vuelto de más que recibió, producto de la vejez de la vendedora.


Todos los días eran similares a éste para Mario. Todos, hasta hace exactamente 7 días.


El lunes pasado, todo sucedía como de costumbre; calle, zapatos, almacén, vuelto. Pero a la salida del almacén, algo diferente de lo normal ocurría a los pies de Mario. Un billete de 20 mil estirado lo esperaba a las 6:14 pm. La gente pasaba y no lo veía , pero él se daba cuenta de ello, quizás por el hecho de ser algo demasiado diferente a lo que el conoce como rutina, su rutina. Mario nunca había tenido mucha suerte para nada, esto era realmente algo nuevo para él. Y algo nuevo que venía a sacarlo de su rutina y a ponerlo en una situación incómoda para un hombre de su personalidad. El billete estaba ahí tirado, esperando a ser recogido por la única persona que lo había notado.


Ya eran las 6:20 y la situación se tornaba desesperante, no por el tiempo que Mario llevaba parado frente al local, con la mirada fija en el suelo a ratos, mientras intentaba disimular su interés en lo que sólo él veía ahí, sino porque se le hacía tarde para comer su sándwich en el metro entre las estaciones Moneda y Salvador, como solía hacerlo siempre. ¿Qué hacer en una situación así? Solo recogerlo y nadie lo notaría, sería algo que cualquier otro samaritano haría en esta posición. El único problema es que Mario no era ningún samaritano hipócrita, sino que era católico acérrimo y demasiado honesto como para no tomar algo ajeno por más regalado que se encontrase en la calle. Así que Mario, transpirado y un poco nervioso, decide salir del lugar con paso agitado, a ver si con un poco de esfuerzo lograba compensar todos los minutos que se había tomado de más ese día.


Esto había seguido sucediendo durante los siguientes 4 días hábiles de la semana pasada. El martes a la salida del trabajo se acordó de llegar más temprano para revisar las cuentas que se le habían acumulado durante el mes. Cuando salió del local, los mismos 20 mil yacían en el piso a la misma hora del día anterior, provocando la misma reacción en Mario, más apurado ahora por alejarse de ahí que por llegar a Moneda rápido para comer su sándwich. El miércoles, mientras se le cruzaba por la cabeza el ir a visitar a su abuela hospitalizada, salió igual de rápido del local con la mirada en alto, para no ver lo que le estaba quitando el hambre en el metro. El jueves, pensando en el ramo de flores que le gustaría regalarle a su novia, salió con la mirada en el cielo otra vez, sólo que en esta ocasión tropezó a la salida del almacén por no fijarse en la grieta que normalmente acostumbraba a saltar. El viernes ya sólo se limitó a salir corriendo del almacén.


Había pasado el fin de semana y Mario quería olvidarse del tema que le amargó todas las salidas la semana pasada. Casi no se había acordado del asunto cuando sorprendido volvió a posar su vista sobre los malditos 20 mil que parecía que hubiesen estado clavados en el piso desde el pasado lunes. Esta vez, la situación era desesperante hasta para un hombre tranquilo como Mario. Él sabía que ya era hora de terminar con este fastidio de una vez, sin importar que tan honesto trataba de ser. Quizás el billete loe estaba siguiendo de alguna forma dado algún designio superior que le quería hacer un favor. Esto, además del extraño hecho de encontrarse precisamente en ese momento la calle libre de gente, animó a Mario a agacharse a recoger el objeto de tortura que ahora iba a ayudarle a saldar algunos asuntos pendientes en su cabeza.


Un golpe certero cayó sobre la nuca del buen Mario cuando sus dedos rozaban el billete estirado. Una botella había sido el arma elegida por El Nano para terminar con la espera de una semana que hacía desde que se le ocurrió esta nueva treta para conseguir una nueva víctima para su enfermø regocijo. Agarrándolo de los brazos, El Nano arrastró a Mario hacía dentro el callejón en donde se escondía desde el lunes pasado, con botella en mano, a esperar a algún necesitado que quisiera vender su vida al destino por 20 mil pesos.






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